Si miramos a nuestro alrededor, si nos damos un momento para observar detenidamente el espacio físico que nos envuelve —el que rodea nuestras labores, nuestro trabajo, nuestro estudio o nuestra familia— es muy probable que nos encontremos en lugares de formas ortogonales, con perfectos e interminables ángulos rectos en todos sus vértices… y que además se encuentran bajo un cielo que también es plano.
Al proyectar la imagen de nuestro cuerpo en el interior de estos volúmenes, estos actúan como un límite físico, un límite en el más amplio sentido de la palabra. Nos desenvolvemos dentro de estos límites, y si nos detenemos a reflexionar, veremos que aunque las actividades que realizamos son diversas, la forma de los espacios es invariablemente la misma.
Estos espacios, que dicen responder a la función de las actividades que en ellos se realizan, ejercen una fuerza que influencia nuestra manera de pensar, sentir y actuar. Nuestro cuerpo percibe estas formas lineales y el lenguaje que ellas transmiten.
Por ejemplo, si estamos trabajando, podríamos necesitar un espacio que nutra nuestra concentración. Si realizamos una actividad artística, este podría alimentar nuestra creatividad. Si estamos en una instancia social, el lugar podría dar un buen cobijo para las conversaciones que allí surjan.
El lenguaje del espacio y su impacto invisible
El espacio físico o arquitectónico posee la cualidad de entregar al ser humano lo que necesita. Por esta razón, si el espacio no varía su forma, tampoco lo hará la manera en que nosotros nos relacionamos con él, lo que repercute, casi invisiblemente, en nuestro interior.
A lo largo de la historia, los espacios han ido respondiendo a las necesidades de las personas. Aún hoy podemos encontrar ejemplos en los que la forma arquitectónica alienta el desenvolvimiento de la actividad: bellas y armónicas salas de concierto, templos sagrados que nos llevan a la introspección, anfiteatros que invitan a la contemplación. Estar en ellos alimenta nuestras capacidades humanas, abriendo el campo de experiencia corporal a través de la atmósfera que los habita.
El despertar del movimiento interior
Cuando creamos arquitectura desde nuestra esencia, el espacio físico se torna primordial. Estamos preparados para vivenciarlo de manera despierta, ya no solo desde lo racional, sino desde el Movimiento. Nuestro sentido kinestésico —aquel que nos proporciona consciencia corporal— se nutre de estas experiencias espaciales, y las formas orgánicas están ahí para proveerlas.
La palabra orgánico proviene de organismo, es decir, todo aquello que tiene vida, crece y se desarrolla por su propia voluntad. Y el crecimiento es movimiento. Las formas orgánicas expresan esta cualidad de la vida.
Al experienciarlas, al igual que ocurre en la naturaleza, se crea un nuevo movimiento en nuestro interior: un movimiento saludable, que después de estar por mucho tiempo sedentario espacialmente, nos ofrece una posibilidad nueva. Se abre nuestra respiración, cambia nuestro ritmo, nuestra sangre se oxigena, y se produce un bienestar inmediato en nuestra salud.
Formas que abren y expanden
Caminar bordeando un muro curvo, posarse bajo un techo abovedado, tocar una pared de relieves cambiantes… todo esto abre nuestra percepción espacial y expande los límites de la ortogonalidad. A esto llamamos formas en movimiento.
Relacionarnos con formas orgánicas también expande nuestra percepción, nos abre a un nuevo lenguaje espacial, y nos permite vivenciar el espacio físico de una forma tal que nuestras capacidades creativas e intelectuales también se tornan más flexibles. Se rompe la rigidez de la función por la función, y se despierta una nueva capacidad en nuestro desarrollo diario.
Entonces, nuestro borde ya no es plano, sino diverso como el suave perfil de nuestro cuerpo.
Un llamado a repensar los espacios que habitamos
Habría que preguntarse: ¿por qué una oficina, una habitación hospitalaria y una sala de kínder comparten la misma forma?
¿Qué fuerzas están ejerciendo sobre las personas que las habitan? ¿Qué posibilidades están restringiendo?
Y si ahora estás en tu trabajo, en un café, en el taller mecánico, en tu casa, quizás en el metro… no importa. La experiencia de tu espacio físico, probablemente, podría ser diferente.