Durante este tiempo conversamos acerca de cómo habitando de una manera consciente y despierta podemos nuevamente nutrir el vínculo que nos une con nuestra tierra y nuestro entorno. Hablamos de los beneficios de vivenciar espacios de formas orgánicas, que con sus movimientos abren nuestra percepción del espacio y expanden nuestra conciencia corporal. Observamos la luz del sol y cómo esta crea una atmósfera que armoniza los espacios interiores, restaurando así nuestros ritmos vitales. Finalmente, nos acercamos al espacio natural con la menor intervención posible, tomando aquello que la naturaleza nos ofrece de manera esencial.
Es en este sentido que el tema que abordamos en esta ocasión alude a los principales materiales que se han utilizado a lo largo del tiempo y con los que podemos construir espacios más responsables y con menor impacto para su entorno, vivenciando así una Arquitectura Lenta.
¿Qué es la arquitectura lenta?
La Arquitectura Lenta es un término que aparece en la década de los 80, de la mano del movimiento slowfood, y que surgió en contraste con una arquitectura rápida e inmediata, orientada a objetivos de corto plazo, donde la prefabricación tomó la delantera en términos constructivos.
La arquitectura lenta emerge de forma gradual y orgánica. En ella, la materialidad —su cuerpo físico— posee las características necesarias para cobijar el habitar. Sus materiales son partícipes vivos de los procesos que se desarrollan en su interior, en armonía con el lugar y con una estética que pone en valor la naturaleza de cada elemento constructivo.
La tierra: material ancestral, noble y vivo
La tierra, como primer elemento, ha sido utilizada durante siglos para construir. Posee invaluables beneficios, tanto para la obra como para quienes la habitan. Su uso considera el aprovechamiento del material disponible en el mismo lugar donde se levantará el proyecto. Se realizan pruebas de campo para conocer su resistencia y cualidades, lo que da paso al sistema constructivo más apropiado.
Entre los principales sistemas se encuentran:
- Adobe: ladrillos de tierra mezclada con paja.
- Quincha: estructura de madera rellena con barro y fibras vegetales.
- Tapial: muros de tierra compactada que evidencian en sus capas el proceso de crecimiento.
Estas construcciones culminan con revoques de tierra que aportan distintas tonalidades naturales, según los pigmentos del lugar.
Beneficios térmicos y atmosféricos
Construir con tierra tiene cualidades térmicas inmediatas: los espacios son frescos en verano y cálidos en invierno. La tierra permite que la construcción respire, liberando la humedad del interior y cuidando la atmósfera del espacio. Además, colabora armónicamente con otros materiales como la madera y, en ocasiones, el acero, para lograr estructuras completas.
Si bien durante mucho tiempo se cuestionó la resistencia estructural de este material, hoy sabemos que, comprendido correctamente, no solo es seguro: es de bajo impacto, económico y saludable.
Fibras vegetales: acompañantes esenciales
La paja y otras fibras vegetales tienen un rol clave como estabilizantes y reforzadores en técnicas como el adobe y la quincha. También se utilizan cañas de coligüe y otras gramíneas, que pueden servir como separadores de ambientes, filtros de luz o terminaciones decorativas con sentido y coherencia ecológica.
Lana de oveja: aislación natural y consciente
Un material menos conocido, pero altamente eficiente, es la lana de oveja, utilizada como aislante térmico y acústico. A diferencia de otros materiales industriales, esta lana —proveniente del descarte textil— ofrece mayor confort ambiental y representa una solución saludable, sustentable y reciclada para el acondicionamiento de los espacios.
Un camino hacia la coherencia y la vida
Como vemos, existen múltiples materiales disponibles para tomar decisiones conscientes a la hora de construir. Decisiones que nos permitan habitar una arquitectura saludable, sostenible y con una menor huella para el futuro.